No importa qué tanta mancha de conciencia concebible, nada es más horrible y recontrajodiente que Él. Su sola presencia es la más odiosa afrenta, tal que si te odia, dirigirá hacia tu olfato sus hedores, antes que las imprecaciones a tu oído, el enemigo.
El Señor Excremento extiende el alcance de su peste, como expresión suprema del encono, infestando con efluvios nauseabundos lo mundano y lo divino. Bocanadas de calor podrido, que son la máxima muestra de que el Mal existe. Oh! qué emisión de gases tóxicos, pestilencia del todo condenable que derrumban el más sutil sentimiento, y en su lugar deja abismos, profundos, desolados abismos entre los seres pensantes.
A cualquiera le tuerce el ánimo encontrarse con una deposición (y aquel mosquero) en el portal una mañana, y el resto del día lo pasa gruñendo. Solo un estómago valeroso puede esperar sin vomitar hasta que pase la fetidez, y continuar la jornada sin hacerle reproches al de la gracia... Por eso voy a empezar con esta semblanza escatológica mi blog, y que solo los más inescrupulosos y torcidos espíritus se acerquen a olerlo y aceptarlo; los demás, pasar de largo.
Adelante.
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